Una vez superada la verba afectada del mayor de los hermanos Pauls, pudimos ver en el canal ISAT un filme sobre el genial Roadsworth. Muchos amigos conocen la historia de este joven artista canadiense influido por el también genial Goldsworthy; que a finales del 2001 a bordo de su bicicleta inundó Montreal con ríos de aerosoles y stencils. No vamos a abundar en los manifiestos en torno a su arte porque creemos que mucha de las peroratas sobre él devienen del hecho casi bautismal de su detención por parte de la policía. Sí diremos que este feroz ciclista (no es casual que sus primeras intervenciones hayan sido bicicletas pintadas sobre el pavimento como forma de demandar más espacio para los pedales), camarero de día y artista de madrugada, sufrió la necesidad casi compulsiva de animar y completar con su arte los dibujos que los ingenieros viales dejaron inconclusos de manera inconsciente mientras vivían la feliz inocencia de querer ordenar el tránsito.
En el film, Roadsworth nos dirá que la necesidad de pintar en y desde la calle le surgió luego de que el miedo y los medrosos se convirtieran en el tema hegemónico del mundo posterior al 11/09/2001. Su identidad se mantuvo escondida mientras su leyenda se agrandaba hasta llegar al clímax de su primera detención bajo la acusación de cometer actos vandálicos contra la ciudad de Montreal. Para las autoridades urbanas convertir una senda peatonal en un piano o una bifurcación de calles en un cierre relámpago constituía una transgresión que podía resultar peligrosa para los habitantes de la calle. Distinto es el caso, afirmaron algunos concejales tediosos, de las gigantescas publicidades de cremas antiage con mujeres adultas vistiendo toallas en las cabezas. Como todos saben, volvieron a insistir los sacerdotes del orden, ellas cumplen las normas de la estética urbana y no polucionan la vista de los transeúntes y conductores por lo que, obviamente, no deben recibir el mismo trato que el casi criminal Roadsworth.
Luego de haber sido allanada su casa, en donde las autoridades encontraron otros stencils incriminatorios, nuestro artista en pedales se enfrentó a una gigantesca multa y a la posibilidad cierta de la cárcel. Su caso fue objeto de múltiples debates a favor y en contra, y de intensas campañas de solidaridad internacionales. Puesto que la redención es parte de la condena (por eso amamos a Dostoevski y también a Arlt), Roadsworth, además de hacerse merecedor de antecedentes penales luego del proceso, se consiguió una existencia por fuera de su obra. De habitar la madrugada con el placer efímero y compulsivo de pintar sobre la calle, sus aerosoles se convirtieron en contratos y en deliberadas intervenciones urbanas que simulaban una frescura y sorpresa que él mismo ya registraba como pérdida. Como todo buen héroe, el film registra su intento por volver a reivindicarse en el jugo de las adrenalinas y como, por esa acción, es detenido una vez más mientras pinta unas flores (creemos geranios) bajo la atenta conversación de una vecina delatora. Mientras Roadsworth era llevado a comparecer a las autoridades en la película, con la flaca y en abierta solidaridad a su persona, decidimos encerrarnos en las sábanas con el amor que desconocen los carceleros (recuerden, si no es cursi no es amor).
En muchos sentidos, que exceden el existencial hecho de que nuestro héroe y pintor sea también un mamífero ciclopede, el pedalear puede parecerse y ser inspirado en la obra de Roadsworth. Como su arte, nuestro andar es urbano, un poco por amor a la ciudad y otro poco porque la dispersión urbana (verdadera enemiga de las bicis) nos ha puesto a mas de 70 km. de cualquier escena verídicamente rural. Se parece al bee boop, porque sobre una coincidencia amistosa e intensa improvisamos colectivamente, como cuando en familia participamos en Masa Crítica. No es alienado; es anónimo y efímero porque nos pertenece sólo a nosotros -pese a compartirlo con el resto de la ciudad- y se desvanece en la distancia y el tiempo, como todo lo que creímos propio.
Y sin ser un manifiesto (aclaramos que pese a vivir en épocas de Twitter apreciamos los detallados manifiestos como los que publica Le Ciclét) es rotundamente político. Su arte interrumpe el flujo de lo que es urbanamente normal con un nuevo de tipo de señal cuya función no es prevenir sino imponer una metafórica y concreta colisión contra el tedio, para situarnos en algún otro lugar más libre, humano y mejor; igual que en nuestro pedalear. Pero principalmente, como el arte de Roadsworth, nuestro andar quiere también ser la mejor reacción frente al miedo que siembran los regentes de la polis ciudad y sus propaladoras, del cual todavía no estamos inmunizados aunque ya conozcamos la vacuna.
PS. Ah, si en vez de pintar bicisendas en las veredas que no son mas que caricaturas de calles que desairan a las bicicletas y a los ciclistas, pintáramos uno de los geniales cierres de Roadsworth…




Muy buen artículo!