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Posts Tagged ‘viajando en bici’

Cuando llegó el Shala a nuestras vidas, según mi vieja un poco tarde, pero justo a tiempo para las estadísticas que describen nuevas tendencias en la paternidad; nos preguntábamos en los primero meses con la negra, si al recién llegado le iba a gustar el pedalear con su mamá y su papá. El ciclismo había vuelto a mi vida (supe correr de niño y preadolescente) en el contexto de la crisis del 2001 y de mi decisión de dejar de fumar. Pedalear se me presentaba como la forma mas intensa de recorrer la crisis porteña sin sufrir la agonía de los desperfectos de la camioneta treintañera. Recuerdo cuando le puse aire a los tubulares de mi pistera, quince y algo de años después de la última vez que la use. Ellos volvían a la vida neumática como si fueran el sentimiento contenido en el fuelle de un bandoneón tocado por algún troesma. Cuando agarré la manija del freno recordé unos versos que ahora no recuerdo.

Empezamos a pedalear los tres con una perdida “playera” con frenos puestos a propósito y el asientito delantero comprado en una bicicleteria de la costa bonaerense cuando el Shala tenía siete meses y ya se sentaba en el piso. El mantenerse sentado y erguido; pediatras mediante; parece ser el principal requisito fisiológico para que se suba el benji a la bicicleta. Después, cuando atravesó la barrera de los once kilos; intentamos reciclar la “pistera” adolescente, injertándole, como gajo de lavanda; una silla trasera con su portaequipaje y acto seguido cambiar los viejos tubulares a clincher. Era una belleza como andaba, ágil y fuerte, pero se hacía muy difícil operarla sin pedalear y con el Shala a bordo. La bici era muy liviana y los más de 11 kilitos del pibe llevaban el centro de gravedad a los arrabales de la ingeniería. Subía un cordón y corcoveaba, como una potranca montada en pelo en la noche de Jesús María. La flaca, por otra parte recelaba el hecho de que, muy livianita y canchera, la máquina solo tuviera un freno delantero.

La realidad, que es el mejor lugar donde vivir el amor; me hizo transformar la Mountain preparada para correr en Rural Bike (horquilla rígida y piñón de ruta) hacia una nueva e intensa categoría, con menos tierra y más emoción. En algún pronto post trataremos el sesgo mountain de los fabricantes. La pisterita por su lado, terminó su transformación; se hizo muy urbana y chic justo para que mi negra la use con gracia y eficiencia.

Un reconocido somelier dice algo así como que hay vinos entre 20 y 40 pesos y vinos de más de 200 pesos. Lo del medio es literatura. Con las bicicletas a veces, pasa algo parecido. Pedalear tiene que ser una experiencia placentera por lo sencillo y eficiente, como con los vinos. El fetiche carbonizado o los megamateriales sobran cuando los kilitos de la humanidad que transportamos se ríen o señalan unas palomas alborotadas. Personalizar la máquina es parte del trabajo mecánico que estos objetos requieren, y en ello reside su energía; como en el arco del maestro zen. Y por supuesto no se compran en ningún supermercado. Por lo demás, un chirridito en algún lugar indeterminado, suave como un silbido de tango nocturno y romántico, puede ser levemente inspirador cuando alguna cuesta se planta.

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Andy Schleck a contrareloj

Andy Schleck a contrareloj

Desde 1967, a la primer etapa del Tour de France se la denomina prólogo y no  primera etapa. En ese momento los organizadores buscaban que los aficionados conozcan a los equipos y a los competidores sin el vértigo de una etapa común. El prólogo por lo general se corre en la modalidad de contrarreloj individual y el resultado puede ser un indicador importante de lo que será la clasificación general. Andy Schleck, por ejemplo, dijo que el Tour de este año lo perdió debido a su flojo desempeño en el prólogo. En los libros el prólogo sirve para casi lo mismo; conocer la obra sin su sentido. Ellos suelen estar escritos por dos tipos de personas: unos, autores consagrados que por algún interés desean prestarle su lustre a la obra que prologan. Otros, no tan conocidos, intentan broncearse con letras ajenas luego de confesar los íntimos lazos que los unen al autor. Lo bueno del Tour de France, a diferencia de los libros, es que los protagonistas se prologan a ellos mismos sin mas afectaciones que el tiempo y el viento.


Parque Chacabuco no tiene novelas pero tiene a Tatín y al barrio Cafferata
      

Largada en la curva calle Salas

Cualquiera puede legítimamente confundir Flores con Parque Chacabuco. Inclusive puede afirmarse que llamar Parque Chacabuco a las cuadras adyacentes a este pulmón de la ciudad parece un invento de los vendedores de casas y sus esotéricas denominaciones. Sea Flores o Parque Chacabuco, la mayoría de literatura que nos gusta y anda cerca de estos barrios (Arlt, Aira o Dolina) transcurre más al norte de nuestro trayecto, al otro lado de la avenida Rivadavia, cerca de  los trenes y lejos de los tranquilos pasajes del sur de Flores y Parque Chacabuco. Por un lado mejor; en este prólogo de nuestro Tour no perderemos tiempo en torpes búsquedas de residencias noveles, ni cazaremos a los fantasmas que prometen los evocadores disfrazados de guías de turismo.       

Advertidos, nos largamos con el shalakito a cumplir con el prólogo del Tour calesitero algún domingo ya pasado. Partí con la certeza de que los lugares tienen un vínculo estrecho, casi determinante con las formas del arte. El Shala se limitó a subirse a la bicicleta con la iluminación de quien se deja llevar sospechando un destino que no sabe y con su arte de dormir intacto. En la manzana circular del barrio Cafferata, la sólida creencia del arte como folklore –que no es lo mismo que arte folklórico– se me tiñó del color de la banalidad. Recordé allí al violín de Néstor Garnica y como el Shala había sido hipnotizado por esas cuerdas sin saber de orígenes. Recordé también los violines del maestro Agri.     

Por la calle del Poeta

La mayoría de nosotros, que andamos sin encontrar el silencio perfecto de la belleza; solemos refugiarnos en la certeza decimal de las direcciones de las calles y afirmar que tal barrio o lugar tiene propiedades artísticas comparables a las propiedades curativas del aloe vera. No entendemos que los mejores artistas utilizan su lugar de origen no para retratarlo sino como fuente chamánica. Para ellos Buenos Aires no es Buenos Aires, Salavina no es Salavina; el lugar no es más que un vehículo que los transporta a una patria de belleza sin cartografiar. Algunos creen que el violín de estos maestros es un obvio producto Porteño o Norteño y se arrullan en la vanidad de los sociólogos y de los funcionarios del Indec. No son más que locutores excitados, arengando al público en los arrabales humeantes de los festivales, lejos de la parrilla donde están los chorizos y la verdad. Creen y por eso lo gritan, que ponerle música a la guía del Automóvil Club sirve como una afirmación soberana de la realidad, como una identificación común y nos chantajean con invitaciones a aplaudir al “cantor de las cosas nuestras”. El arte y la belleza, como la ciudad real es ajena, efímera e inubicable.       

El barrio por el que pedaleamos cavilando con el Shala se desvanece en la estela de nuestra bicicleta y nos convencemos sobre el olvido oportuno del mapa. Tomamos la calle con nombre del poeta de los balcones, y llegamos al recto pasaje Robertson, sus paralelos y al curvo Espartaco. Nos pasamos, al meditar, del Parque Chacabuco es verdad; pero el Sahala no se dio cuenta. Pronto, con el sol a las espaldas e ignorando el asedio de la autopista renaceremos a una vuelta por dos pesos en la calesita del parque siguiendo el trazado de la calle Zuviría.  

Algún pasaje del recorrido desafiando la espalda de la Autopista


Trayecto sugerido. O por qué no hay que mezclar la guía Filcar con la poesía.
      

Podemos empezar por la encorvada calle Salas a la altura de José M. Moreno. Allí entraremos en la dimensión Caferatta. Es verdad que los barrios populares cambiaron un poco en calidad, pero no nos equivoquemos, cuando se construyó este barrio, este lugar era un arrabal del sur. Mantenemos rumbo por Salas y en cualquier pasaje de nombre prometedor (de las Artes, del Progreso, del Buen Orden) doblamos hacia el norte buscando Zuviría hasta cruzarnos con una de las líneas del Parque Chacabuco. Doblamos por Emilio Mitre (a pocas cuadras, en Bonifacio, sale un tranvía que pasea los sábados y domingos) y volvemos a doblar por Eva Perón hacia el Oeste. Veremos salir en atractiva diagonal a la calle Baldomero Fernández Moreno. Pedaleamos por ella cerca de diez cuadras hasta encontrarnos con otro conjunto de pasajes. El primero, Espartaco. Nos perdemos por ellos, yendo y viniendo y cuando nos cansemos del extravío, buscamos Zuviría, la primera al Sur después de Eva Perón y pedaleamos al este hasta que se corte. Al sur, la avenida Asamblea nos ofrece una sola cuadra a contramano, para convertirse luego en una ondulada avenida hermosa para bajar, amable para subir. Doscientos metros y estaremos en la calesita fundada en 1960 por el hijo de un jockey pintor. Con esa impronta, y pese a los colores del techo, es imposible que no nos guste al Shala y a mí.  

Sobre las formas del vuelo

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            En nuestro anterior post sobre Masa Crítica concluíamos que participar en esta “coincidencia organizada”, además de ser una experiencia política estimulante, de replantearnos temas como la crisis del petróleo y la vida en las grandes ciudades; nos resultaba un andar esencialmente divertido y recomendable para compartir con nuestros chicos, sean hijos, sobrinos o ahijados de la vida.

            En el encuentro pasado (6 de junio) tuvimos la suerte de conocer a bordo de sus bicis a la familia de Javier, de quien recibimos elogiosos comentarios sobre nuestro blog que agradecemos mucho; y durante la charla nos permitimos imaginar, por qué no, una Masa Crítica con un crítico componente de niños y niñas pedaleando. El círculo de los masacritiqueros con pibes se nos terminó de redondear cuando, ya cerca del Parque Centenario; nos encontramos con Nico y su casi adolescente hijo, que como lector fanático de Asterix es ya una personita propensa a la cultura de la libertad. El disfrutó de una forma casi militante (como el padre, creo) de los kilómetros en los que acompañaron al alegre pelotón. Los esperamos en la próxima.

 Otra vez las adrenalinas berretas. El caso del ridículo taxista

            Muchas veces me pregunté qué rara hormona se hace presente para convertir a personas normales, padres y madres de familia algunos, universitarios los otros, en conductores que disparan sus autos a velocidades delirantes cuando van en la ruta, la autopista o cuando la ciudad se los permite. ¿Qué es lo que les hace imposible representarse el peligro al que se someten y con el que amenazan a los demás? ¿Tan fuerte es la cultura del motor? ¿O será que existe cierta propensión, cierto malestar psíquico que el acelerador potencia?

Investigando un poco encontramos muy poca bibliografía, casi ninguna, sobre el manejo y los trastornos de ansiedad o de las conductas violentas. De hecho, los estudios sobre el psiquismo y la seguridad vial parecen concentrarse en la capacidad de reacción y en factores neurológicos del que está al volante , más que en todo lo que al conductor se le atraviesa frente a un embotellamiento o en cómo se representa a si mismo frente a la violación de las normas de tránsito. Pareciera que estamos en una cultura que presupone el accidente más que la seguridad, el impacto calculado más que de la autolimitación al volante. Esta cultura llega a un pico en un televisivo programa sobre seguridad vial en la Argentina, vinculado a empresas de seguro, cuyo nombre lo dice todo: Crash Test. En criollo; el choque es inevitable y lo que te vendemos es “sobrevivirlo”.    

            Todo esto para narrar que a la altura de Paseo Colón y la Rosada, apenas comenzado el recorrido de la Masa Crítica;  un taxista no pudo representarse lo que implicaba la presencia de más de cuatrocientos ciclistas alegres y preso de sus circunstancias enfermas y cobardes; chocó la rueda de la ya sufrida bici de uno de los masacritiqueros. El pelotón, como siempre debemos decirlo; respondió con firmeza y sin reproducir la violencia del taxista. Solo rodeó por un tiempo al agresor que, desesperado y ya sin la adrenalina que lo llevó a cometer su acto; llamaba por radio a vaya saber que rescatista, temiendo que los ciclistas se comportaran como él. Si bien la marcha siguió tan alegre como siempre el episodio nos alerta: el alcohol al volante mata, pero los tipos trastornados, enfermos de la bocina, ansiosos, empastillados e impacientes también.

 En Europa no se consigue. De cómo la Policía Federal nos cortó las calles.

            Los que seguimos el desarrollo de Masa Critica a nivel global, solemos encontrarnos con numerosos reportes sobre represión y brutalidad policial en las distintas ciudades del mundo donde se pedalea. Hace poco en Los Ángeles, como en otras ciudades, la masa crítica se vio hostigada por las fuerzas del orden. En este último encuentro, para sorpresa de casi todos, las sirenas que acompañaron el trayecto entre el Obelisco y el Parque Centenario sonaron para abrirle paso al grupo. Algunos amigos de otros países que participaron del encuentro, me pareció percibir; al ver a la policía se prepararon casi resignadamente al arresto o la victimización como cumpliendo un rito. Por suerte, y creo ubicar el desde – por el año 2003 -, las cosas han cambiado y mucho, respecto del tratamiento de las fuerzas de seguridad a las distintas manifestaciones sociales. Y afirmamos esto sin olvidarnos de Fuentealba, y de otros militantes sociales.

 Conclusión con Shalakito cantando

            Veníamos charlando con la flaca cargados de vino y pan sobre lo sucedido en Masa Crítica (donde algunos participantes se asombraron de como duerme nuestro hijo en la bici) y sobre el destino general de nuestras vidas (los domingos a las nueve se abre la boca negra del oráculo y eso es algo que hay que saber) cuando nuestro primerizo, luego de que un bocinazo destrozara la relativa paz del barrio que habitamos con nombre y diminutivo; comenzó a corear en sus tres cuartos de lengua “nnoo, nnoo; bibis si; nnoo, nnoo; bibis si” (usando el translator de google autos no, bicis si). Pequeña emoción; sin pagar la patente.

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