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Posts Tagged ‘viajando en bici’

Cuando llegó el Shala a nuestras vidas, según mi vieja un poco tarde, pero justo a tiempo para las estadísticas que describen nuevas tendencias en la paternidad; nos preguntábamos en los primero meses con la negra, si al recién llegado le iba a gustar el pedalear con su mamá y su papá. El ciclismo había vuelto a mi vida (supe correr de niño y preadolescente) en el contexto de la crisis del 2001 y de mi decisión de dejar de fumar. Pedalear se me presentaba como la forma mas intensa de recorrer la crisis porteña sin sufrir la agonía de los desperfectos de la camioneta treintañera. Recuerdo cuando le puse aire a los tubulares de mi pistera, quince y algo de años después de la última vez que la use. Ellos volvían a la vida neumática como si fueran el sentimiento contenido en el fuelle de un bandoneón tocado por algún troesma. Cuando agarré la manija del freno recordé unos versos que ahora no recuerdo.

Empezamos a pedalear los tres con una perdida “playera” con frenos puestos a propósito y el asientito delantero comprado en una bicicleteria de la costa bonaerense cuando el Shala tenía siete meses y ya se sentaba en el piso. El mantenerse sentado y erguido; pediatras mediante; parece ser el principal requisito fisiológico para que se suba el benji a la bicicleta. Después, cuando atravesó la barrera de los once kilos; intentamos reciclar la “pistera” adolescente, injertándole, como gajo de lavanda; una silla trasera con su portaequipaje y acto seguido cambiar los viejos tubulares a clincher. Era una belleza como andaba, ágil y fuerte, pero se hacía muy difícil operarla sin pedalear y con el Shala a bordo. La bici era muy liviana y los más de 11 kilitos del pibe llevaban el centro de gravedad a los arrabales de la ingeniería. Subía un cordón y corcoveaba, como una potranca montada en pelo en la noche de Jesús María. La flaca, por otra parte recelaba el hecho de que, muy livianita y canchera, la máquina solo tuviera un freno delantero.

La realidad, que es el mejor lugar donde vivir el amor; me hizo transformar la Mountain preparada para correr en Rural Bike (horquilla rígida y piñón de ruta) hacia una nueva e intensa categoría, con menos tierra y más emoción. En algún pronto post trataremos el sesgo mountain de los fabricantes. La pisterita por su lado, terminó su transformación; se hizo muy urbana y chic justo para que mi negra la use con gracia y eficiencia.

Un reconocido somelier dice algo así como que hay vinos entre 20 y 40 pesos y vinos de más de 200 pesos. Lo del medio es literatura. Con las bicicletas a veces, pasa algo parecido. Pedalear tiene que ser una experiencia placentera por lo sencillo y eficiente, como con los vinos. El fetiche carbonizado o los megamateriales sobran cuando los kilitos de la humanidad que transportamos se ríen o señalan unas palomas alborotadas. Personalizar la máquina es parte del trabajo mecánico que estos objetos requieren, y en ello reside su energía; como en el arco del maestro zen. Y por supuesto no se compran en ningún supermercado. Por lo demás, un chirridito en algún lugar indeterminado, suave como un silbido de tango nocturno y romántico, puede ser levemente inspirador cuando alguna cuesta se planta.

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Andy Schleck a contrareloj

Andy Schleck a contrareloj

Desde 1967, a la primer etapa del Tour de France se la denomina prólogo y no  primera etapa. En ese momento los organizadores buscaban que los aficionados conozcan a los equipos y a los competidores sin el vértigo de una etapa común. El prólogo por lo general se corre en la modalidad de contrarreloj individual y el resultado puede ser un indicador importante de lo que será la clasificación general. Andy Schleck, por ejemplo, dijo que el Tour de este año lo perdió debido a su flojo desempeño en el prólogo. En los libros el prólogo sirve para casi lo mismo; conocer la obra sin su sentido. Ellos suelen estar escritos por dos tipos de personas: unos, autores consagrados que por algún interés desean prestarle su lustre a la obra que prologan. Otros, no tan conocidos, intentan broncearse con letras ajenas luego de confesar los íntimos lazos que los unen al autor. Lo bueno del Tour de France, a diferencia de los libros, es que los protagonistas se prologan a ellos mismos sin mas afectaciones que el tiempo y el viento.


Parque Chacabuco no tiene novelas pero tiene a Tatín y al barrio Cafferata
      

Largada en la curva calle Salas

Cualquiera puede legítimamente confundir Flores con Parque Chacabuco. Inclusive puede afirmarse que llamar Parque Chacabuco a las cuadras adyacentes a este pulmón de la ciudad parece un invento de los vendedores de casas y sus esotéricas denominaciones. Sea Flores o Parque Chacabuco, la mayoría de literatura que nos gusta y anda cerca de estos barrios (Arlt, Aira o Dolina) transcurre más al norte de nuestro trayecto, al otro lado de la avenida Rivadavia, cerca de  los trenes y lejos de los tranquilos pasajes del sur de Flores y Parque Chacabuco. Por un lado mejor; en este prólogo de nuestro Tour no perderemos tiempo en torpes búsquedas de residencias noveles, ni cazaremos a los fantasmas que prometen los evocadores disfrazados de guías de turismo.       

Advertidos, nos largamos con el shalakito a cumplir con el prólogo del Tour calesitero algún domingo ya pasado. Partí con la certeza de que los lugares tienen un vínculo estrecho, casi determinante con las formas del arte. El Shala se limitó a subirse a la bicicleta con la iluminación de quien se deja llevar sospechando un destino que no sabe y con su arte de dormir intacto. En la manzana circular del barrio Cafferata, la sólida creencia del arte como folklore –que no es lo mismo que arte folklórico– se me tiñó del color de la banalidad. Recordé allí al violín de Néstor Garnica y como el Shala había sido hipnotizado por esas cuerdas sin saber de orígenes. Recordé también los violines del maestro Agri.     

Por la calle del Poeta

La mayoría de nosotros, que andamos sin encontrar el silencio perfecto de la belleza; solemos refugiarnos en la certeza decimal de las direcciones de las calles y afirmar que tal barrio o lugar tiene propiedades artísticas comparables a las propiedades curativas del aloe vera. No entendemos que los mejores artistas utilizan su lugar de origen no para retratarlo sino como fuente chamánica. Para ellos Buenos Aires no es Buenos Aires, Salavina no es Salavina; el lugar no es más que un vehículo que los transporta a una patria de belleza sin cartografiar. Algunos creen que el violín de estos maestros es un obvio producto Porteño o Norteño y se arrullan en la vanidad de los sociólogos y de los funcionarios del Indec. No son más que locutores excitados, arengando al público en los arrabales humeantes de los festivales, lejos de la parrilla donde están los chorizos y la verdad. Creen y por eso lo gritan, que ponerle música a la guía del Automóvil Club sirve como una afirmación soberana de la realidad, como una identificación común y nos chantajean con invitaciones a aplaudir al “cantor de las cosas nuestras”. El arte y la belleza, como la ciudad real es ajena, efímera e inubicable.       

El barrio por el que pedaleamos cavilando con el Shala se desvanece en la estela de nuestra bicicleta y nos convencemos sobre el olvido oportuno del mapa. Tomamos la calle con nombre del poeta de los balcones, y llegamos al recto pasaje Robertson, sus paralelos y al curvo Espartaco. Nos pasamos, al meditar, del Parque Chacabuco es verdad; pero el Sahala no se dio cuenta. Pronto, con el sol a las espaldas e ignorando el asedio de la autopista renaceremos a una vuelta por dos pesos en la calesita del parque siguiendo el trazado de la calle Zuviría.  

Algún pasaje del recorrido desafiando la espalda de la Autopista


Trayecto sugerido. O por qué no hay que mezclar la guía Filcar con la poesía.
      

Podemos empezar por la encorvada calle Salas a la altura de José M. Moreno. Allí entraremos en la dimensión Caferatta. Es verdad que los barrios populares cambiaron un poco en calidad, pero no nos equivoquemos, cuando se construyó este barrio, este lugar era un arrabal del sur. Mantenemos rumbo por Salas y en cualquier pasaje de nombre prometedor (de las Artes, del Progreso, del Buen Orden) doblamos hacia el norte buscando Zuviría hasta cruzarnos con una de las líneas del Parque Chacabuco. Doblamos por Emilio Mitre (a pocas cuadras, en Bonifacio, sale un tranvía que pasea los sábados y domingos) y volvemos a doblar por Eva Perón hacia el Oeste. Veremos salir en atractiva diagonal a la calle Baldomero Fernández Moreno. Pedaleamos por ella cerca de diez cuadras hasta encontrarnos con otro conjunto de pasajes. El primero, Espartaco. Nos perdemos por ellos, yendo y viniendo y cuando nos cansemos del extravío, buscamos Zuviría, la primera al Sur después de Eva Perón y pedaleamos al este hasta que se corte. Al sur, la avenida Asamblea nos ofrece una sola cuadra a contramano, para convertirse luego en una ondulada avenida hermosa para bajar, amable para subir. Doscientos metros y estaremos en la calesita fundada en 1960 por el hijo de un jockey pintor. Con esa impronta, y pese a los colores del techo, es imposible que no nos guste al Shala y a mí.  

Sobre las formas del vuelo

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            En nuestro anterior post sobre Masa Crítica concluíamos que participar en esta “coincidencia organizada”, además de ser una experiencia política estimulante, de replantearnos temas como la crisis del petróleo y la vida en las grandes ciudades; nos resultaba un andar esencialmente divertido y recomendable para compartir con nuestros chicos, sean hijos, sobrinos o ahijados de la vida.

            En el encuentro pasado (6 de junio) tuvimos la suerte de conocer a bordo de sus bicis a la familia de Javier, de quien recibimos elogiosos comentarios sobre nuestro blog que agradecemos mucho; y durante la charla nos permitimos imaginar, por qué no, una Masa Crítica con un crítico componente de niños y niñas pedaleando. El círculo de los masacritiqueros con pibes se nos terminó de redondear cuando, ya cerca del Parque Centenario; nos encontramos con Nico y su casi adolescente hijo, que como lector fanático de Asterix es ya una personita propensa a la cultura de la libertad. El disfrutó de una forma casi militante (como el padre, creo) de los kilómetros en los que acompañaron al alegre pelotón. Los esperamos en la próxima.

 Otra vez las adrenalinas berretas. El caso del ridículo taxista

            Muchas veces me pregunté qué rara hormona se hace presente para convertir a personas normales, padres y madres de familia algunos, universitarios los otros, en conductores que disparan sus autos a velocidades delirantes cuando van en la ruta, la autopista o cuando la ciudad se los permite. ¿Qué es lo que les hace imposible representarse el peligro al que se someten y con el que amenazan a los demás? ¿Tan fuerte es la cultura del motor? ¿O será que existe cierta propensión, cierto malestar psíquico que el acelerador potencia?

Investigando un poco encontramos muy poca bibliografía, casi ninguna, sobre el manejo y los trastornos de ansiedad o de las conductas violentas. De hecho, los estudios sobre el psiquismo y la seguridad vial parecen concentrarse en la capacidad de reacción y en factores neurológicos del que está al volante , más que en todo lo que al conductor se le atraviesa frente a un embotellamiento o en cómo se representa a si mismo frente a la violación de las normas de tránsito. Pareciera que estamos en una cultura que presupone el accidente más que la seguridad, el impacto calculado más que de la autolimitación al volante. Esta cultura llega a un pico en un televisivo programa sobre seguridad vial en la Argentina, vinculado a empresas de seguro, cuyo nombre lo dice todo: Crash Test. En criollo; el choque es inevitable y lo que te vendemos es “sobrevivirlo”.    

            Todo esto para narrar que a la altura de Paseo Colón y la Rosada, apenas comenzado el recorrido de la Masa Crítica;  un taxista no pudo representarse lo que implicaba la presencia de más de cuatrocientos ciclistas alegres y preso de sus circunstancias enfermas y cobardes; chocó la rueda de la ya sufrida bici de uno de los masacritiqueros. El pelotón, como siempre debemos decirlo; respondió con firmeza y sin reproducir la violencia del taxista. Solo rodeó por un tiempo al agresor que, desesperado y ya sin la adrenalina que lo llevó a cometer su acto; llamaba por radio a vaya saber que rescatista, temiendo que los ciclistas se comportaran como él. Si bien la marcha siguió tan alegre como siempre el episodio nos alerta: el alcohol al volante mata, pero los tipos trastornados, enfermos de la bocina, ansiosos, empastillados e impacientes también.

 En Europa no se consigue. De cómo la Policía Federal nos cortó las calles.

            Los que seguimos el desarrollo de Masa Critica a nivel global, solemos encontrarnos con numerosos reportes sobre represión y brutalidad policial en las distintas ciudades del mundo donde se pedalea. Hace poco en Los Ángeles, como en otras ciudades, la masa crítica se vio hostigada por las fuerzas del orden. En este último encuentro, para sorpresa de casi todos, las sirenas que acompañaron el trayecto entre el Obelisco y el Parque Centenario sonaron para abrirle paso al grupo. Algunos amigos de otros países que participaron del encuentro, me pareció percibir; al ver a la policía se prepararon casi resignadamente al arresto o la victimización como cumpliendo un rito. Por suerte, y creo ubicar el desde – por el año 2003 -, las cosas han cambiado y mucho, respecto del tratamiento de las fuerzas de seguridad a las distintas manifestaciones sociales. Y afirmamos esto sin olvidarnos de Fuentealba, y de otros militantes sociales.

 Conclusión con Shalakito cantando

            Veníamos charlando con la flaca cargados de vino y pan sobre lo sucedido en Masa Crítica (donde algunos participantes se asombraron de como duerme nuestro hijo en la bici) y sobre el destino general de nuestras vidas (los domingos a las nueve se abre la boca negra del oráculo y eso es algo que hay que saber) cuando nuestro primerizo, luego de que un bocinazo destrozara la relativa paz del barrio que habitamos con nombre y diminutivo; comenzó a corear en sus tres cuartos de lengua “nnoo, nnoo; bibis si; nnoo, nnoo; bibis si” (usando el translator de google autos no, bicis si). Pequeña emoción; sin pagar la patente.

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La mañana del domingo 16 de mayo de 2010 fue la primera mañana del invierno porteño. El frío con sol es para nuestro pedalear un clima tan placentero como el de la más cálida de las noches veraniegas cerca de nuestro amado y marrón Río de la Plata. Salimos con el Shala en busca de una ruta posible para un proyecto ciclístico que pronto presentaremos, y un poco por la tardía hora y otro poco por varios pesares geográficos, decidimos abandonar la ruta prefijada. Descubrimos, entre guantes, bufandas y cierta melancolía por el café, que por lo general abandonarse de manera consciente es la mejor decisión para encontrar lo que buscamos en el ciclismo y en su mejor metáfora, la vida.

Subimos el puente de Avenida San Martín con el mismo entusiasmo con que enfrentamos algunas montañas; nuestra nariz en el aire y el sol, nuestro corazón heroico como el de Induráin y Lance definiendo sus liderazgos en el Tour de Francia. Entramos al predio de la Facultad de Agronomía sin conocerlo y nos pareció maravilloso por su sencillez, habitado entre otros seres, por una llama que pastaba sola mientras el colectivo 105 escribía con aceite su parte de la mañana. En la Avenida de las Casuarinas, al llegar a una pintoresca barrera del Ferrocarril Urquiza, doblamos y bordeamos la vía por un trayecto no mayor de quinientos metros. Allí me recordé que le debíamos un homenaje a Frank Paterson; artista ciclista – si es que ese género existe –  y una de las mejores inspiraciones pictóricas para los que disfrutamos los pedales junto a todas las formas del arte.

Vías del Lacroze en Agronomía

Mi contacto con las imágenes de Frank Paterson tuvo lugar en los eternos recorridos que cuando niño realizaba sobre el primer libro que tuve de bicicletas; regalo de mi tío mentor en las dos ruedas (“El Libro de la Bicicleta” de Watson y Gray, ya agotado). En él, los dibujos de este artista ilustraban distintos capítulos, desde la historia del ciclismo hasta algunas consideraciones sobre el cicloturismo. Yo, que siempre tuve un carácter tan cerca de lo melancólico como de lo histórico, solía admirarlas buscando en ellas un vértice dimensional donde poder colarme dentro de sus trazos y sus tintas.

Los protagonistas de Paterson son principalmente cicloturistas ingleses de entreguerras, lectores de la mítica revista “Cycling” e hipotéticos socios del Ciclo Touring Club, institución británica que como la de los automóviles, desarrolló una enorme red de hoteles para su cuarto de millón de socios y un fuerte lobby por mejores señales y rutas. Visitar sus imágenes es recorrer una simple utopía de libertad encontrada en los viajes largos y de fin de semana. Frank Paterson retrato con singular belleza y economía una de las grandes revoluciones sociales que produjo la bicicleta; la posibilidad de obtener vacaciones y verde, lejos de las ya gigantes ciudades, a un simple precio calórico pagado a las piernas.

    

En esa época la idea de salud y naturaleza no era tan aeróbica como la contemporánea. Los personajes pedalean con su pipa, su cerveza y sus útiles de cocina en una campiña siempre ondulada. Cuando disfruto de sus dibujos pienso en la última charla que tuvimos con mi tío sobre bicis y rutas en la época en que la Panamericana no dejaba de ensancharse. Recuerdo cómo lamentaba la conversión en autopistas de las rutas tradicionales del domingo (Gaona, Panamericana, Richieri) y la consecuente expulsión de su pelotón. Hoy de la mano de Paterson y en Agronomía evoqué la tristeza compartida de no poder llegar a bordo de la bici a lugares como los bosques de Ezeiza y la tan recorrida ruta de la Central Atómica que hacía de pibe sin que mis padres lo sepan. Pero no poder salir por nuestros propios medios de Buenos Aires es letra de otro post.

El ánimo artístico nos llevó, al Shala y a mí, a conocer al perro Tchaiko y su dueño. Nos cruzamos con ellos bordeando las vías del Lacroze y me llamó la atención que su bicicleta tenía sillita y alforjas. “Este hombre encontró una solución para la silla y las alforjas traseras” me dije y lo encare con entusiasmo. “Pero yo no llevo chicos” me dijo “el que viaja aquí es mi perro Tchaiko”. Después de conocerlo con el Shala creímos escuchar en sus ladridos, algún acorde del Lago de los Cisnes, quizás para coreografías contemporáneas.

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En un post anterior escribimos algunas líneas muy biográficas sobre la experiencia y los objetos involucrados en el pedalear con los hijos chicos. Por ahora, nuestros repasos se centran en las ciclocircunstancias de los menores de tres años porque hasta ahí, mayo de 2010, llegan nuestros saberes. Esperamos las notas y comentarios de otros amigos perdidos en el cibercicloespacio que nos comenten y nos preparen para compartir con los chicos más grandes. Hasta ese momento van algunos productos del mercado local, anotaciones al margen y alguna anécdota tan peregrina como las llantas que sostienen nuestro andar.

El casco

Como todos los accesorios para pedalear lo mejor es comprarlos en bicicleterías. Si bien es un gremio difícil (tanto lo es, que pese a mi torpeza voy a tomar un curso de mecánica) ellos saben y por lo general tienen los productos con normas homologadas. Uno de ellos es el casco para los chicos. Si bien los hay con distintos motivos y colores, una de las cosas que no podemos dejar de fijarnos es que cumpla alguna norma de fabricación e impacto. Algunos de los cascos que se venden en jugeterías no tienen ninguna norma por lo que son sombreritos de plástico adornados con motivos televisados. Un certificado común para los cascos  es el de la Comunidad Europea (CE) y el sello suele esta estampado en el interior del mismo. Un casco tipo puede durar muchos años si tiene un regulador de diámetro de cabeza. Quienes lean inglés pueden visitar la página BICYCLE HELMET RESEARCH FOUNDATION

 

 

La sillita delantera

La única condición para sentarse en ella es que el bebé mantenga con claridad y control una posición erguida. Si logra sentarse bien y relacionarse con las cosas desde esa posición, ya está listo para salir a rodar en una sillita delantera. Llevarlos allí es una de las experiencias más gratificantes para ambos por lo sencilla y divertida. Estas sillitas se ajustan al estén (lo que sujeta el manubrio) por lo que solo se pueden usar con los integrados (ej. los estenes y manubrios de las playeras). Si bien el mercado local no es muy prolífico en diseños y calidades, nosotros afirmamos que la sillita de plástico que se vende en cualquier bicicleteria bien de barrio, minimalista en sus formas, suele ser suficiente y segura a la vez. Con una calcomanía oportuna de los backyardigans o algún ser del universo similar, el objeto cobra una estética reconocible. Sin hacer una apología romántica de lo sencillo, la sillita básica nos garantizará diversión y piropos (escucharemos por la calle, como brisas; qué lindo, qué divino…) sin gastar mucho en designers.  La seguridad la generamos nosotros con nuestro andar sereno y amigable. Eso sí, el límite de acuerdo a nuestra experiencia ronda los diez kilogramos. Las sillitas que hemos visto en mercado tienen una suerte de cinturón de seguridad cruzado. Recomendamos complementarlo con una correíta de mochila o camping, que realice un ajuste cruzado de los hombros hacia abajo, principalmente para evitar que al dormirse, nuestro niño adopte una postura ciclofetal que lo deje muy suelto. Con respecto a las bicis, digamos que con una “playera” en buenas condiciones y con frenos en las dos ruedas como condición excluyente alcanza y quizás hasta sobre. Total, nos proponemos explorar nuestro barrio a una velocidad desconocida; que es casi como dar la vuelta al mundo.

Alforjas.

No tengo dudas de que una de las cosas que puede hacer del ciclismo una experiencia desagradable para el cuerpo y la mente, además de una mala postura del sillín o una bici en condiciones de olvido; es cargar con objetos en la mochila. La espalda sufre, la gravedad cambia, el pedalear se convierte en un vuelo torpe y gallináceo. Como todos los padres aprenden, un bebé viene acompañado por unos cuantos metros cúbicos de ropas, pañales, leches y mamaderas. Las alforjas, sujetas al portaequipajes trasero no solo nos brindarán muchísima comodidad, sino que además nos permitirán cargar el termo, el mate y algún libro o diario dominguero. Mayor volumen, mayor autonomía, mayor comodidad. Hoy, por suerte hay una gran variedad de alforjas en el mercado, nosotros sin querer ser la Para Ti, recomendamos especialmente las que son individuales ya permiten modular mejor la carga (en la más grande de las carteritas tipo triángulo, las que se cuelgan del cuadro, entran dos pañales y las toallitas. Un poco jugado pero…)

En próximos post seguiremos abordando temas como la silla trasera, los carritos de arrastre y unos productos que llamaremos genéricamente Follow Me. Dejamos un videíto de la bici europea Taga, solo para que nos de un poco de envidia.

PD: Recomendamos visitar el sitio Bicifamiliar para obtener un vista de cosas y productos no disponibles en el mercado local. Pero que invitan a imaginar.

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Este texto está dedicado a los guardias de tránsito, custodios involuntarios de licenciados que no leyeron la Filcar.

La mañana del 11 de abril era óptima para pedalear. El sol, ya con el otoño en sus rayos, calentaba lo necesario como para estar cómodo, fresco e hidratado. Sin embargo, la perspectiva de mi esposa volviendo a pedalear después de una lesión de dos meses; su insistencia en el participar del evento de las 1000 ciudades y el hecho que gracias a internet y a infobiker podía ver la famosa Paris – Robauix comentada en español (quizá la carrera clásica más épica del calendario europeo); me decidió por posponer para la tarde la largada del pelotón familiar.

A muchos nos pasa, ver carreras tan intensas como la París – Roubaix nos llena de una inspiración inmediata, intensa, y levemente infantil, donde una vocecita interna trasmite para la tv imaginaria nuestras proezas. Con ese sentimiento, nos fuimos con el Shala y mi amada negra; a ser parte de de la iniciativa sustentable del Gobierno de la Ciudad. Mi corazón, lo confieso; no tenía la mejor disposición. El hijo de Franco todavía no ha demostrado grandes dotes organizativas y además, un evento de esta naturaleza suele requerir un sentido militante que los pro – amarillos no solo no poseen, sino que suelen despreciar mas por una cuestión vintage que por una íntima y torpe convicción.

Mientras nos dirigíamos al garaje donde guardamos las bicis, la negra tuvo que soportar todas mis diatribas sobre el problema de la segregación urbana hacia las bicicletas; que en otros posts desarrollaremos. Me puse un tanto fervoroso, que es como algunos intelectuales denominan ponerse tedioso. Sin embargo, en la primer esquina ya tuvimos un adelanto de lo que iba a ser el resto de la tarde. Los dos guardias de tránsito apostados por la calle Zuviría, en torno a las 15.30 (hora y media más tarde del anuncio de inicio), no tenían claro que calle cortar y si el silbato era un aditivo del uniforme o bien estaba para señalar los penales imaginarios de un fantasmagórico partido de fútbol, tan fantasmagórico como el circuito sustentable. Directorio no estaba cortada, por lo que agarramos Bilbao hacia el Parque Chacabuco. En Emilio Mitre, otra patrulla perdida, mantenía una barricadita en Bilbao para nada y para nadie. Agitaban sus manos como nobles soldados del emperador japonés aislados y sin noticias, pero en la defensa del honor a punto de ser perdido.

En el Parque Chacabuco no había más bicis que las nobles domingueras que pueblan las veredas y las calles de uno de los espacios más bonitos de la ciudad. “No habrán largado” nos dijimos los tres luego de dos vueltas al parque. En Curapaligue tránsito como siempre. En Baldomero y Malvinas otros “japs” custodiaban una cuadra vanamente cortada como si fuera alguna isla coralina del teatro del pacífico durante la segunda guerra. El orgullo menoscabado de los guardias de tránsito me llevo a pensar, siguiendo la metáfora japonesa; en que el organizador debería imaginar cómo hacerse un Harakiri con un inflador. O vivir en la vergüenza.

En Directorio encontramos a un grupo de mujeres haciendo alguna clase de aero salsa que, con la gracia que caracteriza a muchas rioplatenses cuando bailan; profundizó la metáfora japonesa. Iwo Jima ya estaba cerca y se iba a llamar Plaza Irlanda.

Continuará…

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