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El uso de la bici en las grandes ciudades es una forma de resolver muchas de las demandas de transporte personal segura y saludable para con nosotros y con los demás . Pero ¿qué pasa si lo que necesitamos es transportar cargas más grandes de las que caben en las alforjas y canastos de la bicicleta? ¿Es posible mover por la ciudad más de cien kilos a puro pedal?

Foto Santiago Oliver

Foto Santiago Oliver

Ya sean los triciclos de heladero o las bicicletas de panadería con sus enormes canastos de mimbre y ruedita delantera; las bicis de carga son vehículos muy eficaces para el transporte de mensajes y mercaderías por la ciudad. ¿Quién no ha visto en cualquier esquina a un canillita escoltado por alguna de estas máquinas repletas de diarios y revistas? Pero, más allá de las proezas que diariamente realizan los ciclistas de reparto, si lo que se debe transportar es muy grande o muy pesado, estas bicicletas comienzan a perder eficacia. Es que a medida que aumenta el peso o la complejidad de la carga, será el ciclista quien deberá bancar el flete con su propio equilibrio.

Como lo testimonian los cicloviajeros, los recicladores urbanos y otros laburantes del pedal, cuando el desafío es transportar más carga, el carro es la respuesta. Así lo cree Pablo, quién comenzó por armarse un carro monorueda para viajar y terminó usándolo también en la ciudad. “En el tránsito urbano el carro se comporta muy bien y me resulta muy útil para mover materiales para reciclar, que aunque no son muy pesados, ocupan mucho lugar. Pero eso sí, hay que llevar si o si un banderín informando que sos un vehículo más largo, ya que los automovilistas no lo llegan a ver” señala. Si bien los clásicos carros para cicloturismo de un rueda pueden ser usados en la ciudad sin problemas, la gran mayoría de ellos tiene un límite de carga que ronda los 40 kg. y no siempre cuentan con una superficie adecuada para transportar objetos de mayor volumen. Aunque un kilo de hierro pese lo mismo que un kilo de plumas, no ocupan el mismo espacio…

Taller Origami, fabricantes de carros

El desafío de transportar cargas mayores en bicicleta, tales como muebles, maquinarias o materiales para la construcción solo puede ser resuelto con un carro de dos ruedas. Así lo afirman Fran de Vedia (34) y Emiliano Biaiñ (34), dos emprendedores apasionados por las bicicletas, creadores del Taller Origami (http://www.tallerorigami.net). El emprendimiento, si bien empezó con la producción de hamacas para viajes, se fue ampliando hacia la fabricación de carros para bicicletas, en parte porque a ambos son persistentes recicladores de cosas que encuentran abandonadas en la calle. “Y no vas a estar llamando a un flete cada vez que encuentres algo para llevar a tu casa…” señalan entre risas. Después de verificar que en el mercado local no existían ofertas para este tipo de carros y que importarlos era casi imposible; decidieron invertir en herramientas e instrumental y comenzar a producirlos ellos mismos.

Caramañola ampliada.

Caramañola ampliada.

La primera consigna que se fijaron para la fabricación de los carros fue la de conseguir un vehículo que además de ser fácil de manipular y de guardar, sus medidas no resultaran un obstáculo para situaciones cotidianas como atravesar el molinete del tren o circular por las bicisendas. Luego de encontrar y compartir información con amigos de la bici, junto a un intenso proceso de aprendizaje; lograron alcanzar un diseño de carro con medidas optimizadas, una gran capacidad de carga, completamente plegables como para guardarlos debajo de una cama y fáciles de desarmar -de allí el concepto Origami-.  Además de estas prestaciones, lograron una optima relación entre el peso y la carga, ya que con un peso cercano a los 8 kg., el carro puede transportar cargas en torno a los 100 kg.

Todos los carros para bicicletas del Taller Origami se fabrican de manera personalizada en rodados 20´ y 16´, con barandas para mejorar la estiba de la carga y elementos de seguridad tales como reflectivos y banderín. Si bien el rodado 20´ se comporta mejor frente a las irregularidades del camino, el 16´ tiene la ventaja de que “baja” un poco más la carga haciendo el pedaleo más estable. “Nuestros carros son un desarrollo ciento por ciento nacional. Las piezas que lo integran son fabricadas en su mayoría por nosotros, excepto el rodamiento de la rueda, y las piezas de enganche” apuntan con orgullo. El universo de usuarios de carros para bicis que atiende Taller Origami es muy diverso. Los hay artesanos, mecánicos, carpinteros e “inclusive nos han pedido carros para llevar a las mascotas, tortas, violoncelos y hasta acordeones” señala Fran. Es que “que los carros son muy útiles para llevar cosas que no entran en un auto o son muy chicas para un flete como maderas o bicicletas” y no dudan en afirmar que para cargas grandes en distancias cortas, las bicicletas con carro son el vehículo óptimo.

Por la ciudad con el carro

FleteComo sugiere el reconocido mecánico y restaurador de bicicletas Santiago Oliver (http://www.borningarage.com.ar) “la bici está menos preparada para llevar dos personas que para transportar un carro”. Su experiencia de trabajo y transporte de materiales con un carro fabricado por el Taller Origami resultó óptima. “Con el carro y con cien kilos de peso puedo andar sin manos; cosa que no podés hacer si tenes cuarenta kilos en el portaequipajes; además la bici sufre mucho menos desgaste que cargándola de otra manera” sostiene. Es que la gran virtud del carro es la de poder ampliar la capacidad de carga de la bicicleta propia de manera segura, eficiente y principalmente confortable. Por su parte el ciclista Matías Fernández Long apunta que una bicicleta con carro es mucho más eficiente que otros vehículos de carga.  “Un camión pesa unas 10 Tn y carga 30 Tn, por lo que  tiene una relación de 1:3 respecto de la capacidad de transporte. En el caso de mi bici con carro, con el máximo de peso transportable, la relación está casi en 1:4, o sea mucho más eficiente que el camión y de manera sustentable”.

Los ciclistas consultados señalan que si bien pedalear con el carro resulta una experiencia cómoda y grata, existen algunas cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de rodar con la carga:

  • Siempre hay que “tener conciencia del carro” y no apurarse al andar.
  • Revisar las ruedas de la bici y del carro, sobre todo la tensión de los rayos y en lo posible usarlos reforzados.
  • Estibar bien la carga, repartiéndola por toda la superficie del carro ya que bien equilibrada, la bici se desliza mucho más fácil, inclusive en las subidas.

Los carros para bicicleta son una muy útil y apta herramienta para satisfacer necesidades de transporte de cargas por la ciudad. Ya sean los construidos por los propios laburantes o  los desarrollados para cargas específicas como los que fabrica Origami, los carros para bicicleta  están ampliando los usos de la bici en las grandes ciudades al mejorar el aprovechamiento de la más renovable de todas la energías contemporáneas: la energía humana.

2. foto Luigi Voglino

*Una versión de esta nota la publicamos en la revista Ciclismo XXI de octubre de 2013.

 

290620122569Te presentamos un artículo que publicamos en la reconocida revista “Transporte y Territorio” del Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires, donde desarrollamos por qué la bicicleta tiene un enorme potencial para enfrentar el flagelo de la violencia vial, colaborar en la pacificación del tránsito y democratizar los espacios viales. Podés leerlo aquí.

 

 

 

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Ya hace más de cuatro años que nos hicimos cargo de los muchos mensajes que llegaban al blog preguntando si conocíamos, sí sabíamos, si teníamos alguna idea remota de algo o alguien que enseñara a andar en bici a personas que por todo los motivos posibles en este universo no lo lograron en la infancia. Los mensajes eran conmovedores porque conmovían toda nuestra idea de cambiar el mundo en, con y desde la bicicleta. Si realmente la bici es un vehículo de transformación de la humanidad contemporánea, de emancipación y lucha contra la violencia vial tal como pensamos ¿qué hacer con los que no aprendieron? ¿qué lugar ocupan en nuestro pago bicicletista? ¿será que no saber andar puede ser usado como un estigma por ciclistas enfervorizados y energúmenos? O mejor ¿puede alguien decirse biciactivista y no generar un espacio para aquellos que no saben andar y quieren hacerlo?

La otra conmoción que nos producían estos mensajes se relacionaba con la labor de aprender. Acostumbrados a pensar que todo saber se legitima no por el saber mismo sino por la institución que se apodera de ese saber, nos frenaba un poco el hecho de no tener una manual ni hacer una academia para enseñar a pedalear. Investigando, encontramos un maravilloso texto de una educadora y militante norteamericana por la igualdad llamada Frances Willard (1839-1898), que en 1895 escribió el libro “Una rueda dentro de otra rueda. Cómo aprendí a andar en bicicleta”. En él, relata las peripecias que tuvo que atravesar para aprender a pedalear con cincuenta y tres años y encima, en el final del siglo XIX. Willard sostenía que el sencillo hecho de que las mujeres  resultaran tan aptas para pedalear como cualquier varón, era una demostración práctica, clara e indiscutible de la igualdad entre los géneros. Extraña conexión pensamos, casi todos los mensajes que nos habían llegado provenían de mujeres y de hecho han sido mujeres de todas las edades y en una abrumadora mayoría (ocho de cada diez) las que participaron de los encuentros. Pareciera que ellas no sólo están más dispuestas a superar las zoncera de los pudores o los preconceptos, sino que como a finales del siglo XIX y principios del XX, ellas siguen encontrando en la bicicleta un vehículo de libertad.

Enlazados con la Willard -nosotros no teníamos certificado de instructor y las mujeres no votaban cuando ella escribió su libro- desformateamos nuestras cabezas y aprendimos que solo podíamos saber el cómo enseñar si respondíamos el cuándo hacerlo.

Hoy, después de mucho ensayo y error desarrollamos algo cercano a un método de tres sesiones que incluyen paseo en tándem, tripulado de manera impecable por el querido amigo Guillermo Pablo Koch, al que conocimos corriendo La Etapa y hoy es un virtual coorganizador de estos encuentros. Hoy los encuentros los realizamos en la Universidad de San Martín y son parte de las labores de extensión universitaria que realiza esa casa de estudios. El apoyo y compromiso de la Secretaría de Extensión de la UNSAM ha significado un salto cualitativo en la realización de los encuentros y nos ha permitido, como bicicactivistas que somos, instalar la discusión sobre la bicicleta en los ámbitos académicos.

Si algo aprendimos en los encuentros es que para andar en bicicleta no hay que tener equilibrio. Si, está bien escrito, no hace falta tenerlo; el equilibrio es una consecuencia de pedalear; es algo que hay que construir más que poseer. Es que, aunque parezca de perogrullo, lo único necesario para andar en bici es hacerla andar, hacerla avanzar. Lograr fuerza e inercia con los pedales para que la bici vaya pa´lante y ahí sí, producir el tan mentado equilibrio. Si no hay propulsión, si no hay empuje, tanto el aspirante como el ciclista más mentado terminarán en los brazos de la madre tierra, o dicho más llanamente, en el piso.

La clave es persistir y estar preparados para tener una nueva sensación de movilidad. En esto, los trenes, los autos y los aviones nos han ofrecido la muy engañosa idea de que el único empuje es pasivo, donde no tenemos que hacer nada para lograr transportarnos. La bici nos demanda que nosotros pongamos la energía y que al pedalear sintamos cada círculo de empuje. Pero esa demanda se ve muy compensada, lograr andar es una experiencia notable y es lo más cerca que una persona puede estar de volar sin el concurso de alas y motores.

Las historias que se van desarrollando son fantásticas por su sencilla humanidad y quizás por ello no deseo contarlas aquí. No está mal estimado/a lector/a, que haya un poco de intimidad entre tanta red social, cámaras y guasap. Si se puede decir que hemos abordado temas como la violencia y la inequidad vial, hemos hablado sobre las consecuencias que genera una ciudad organizada casi en exclusiva para la circulación automotor más que para la vida de las personas y cómo imaginamos la bici en el espacio público. Sabemos que se han formado grupos de “egresad@s” que salen a pedalear juntos, para seguir aprendiendo entre pares, y es común que los que lo lograron aparezcan a contar su experiencia a los que recién se largan. No todos lo logran, no nos sentimos autorizados o capacitados para decir por qué no lo hacen; pero si se que casi nueve de cada diez participantes terminan siendo nuevos ciclistas y esa estadística no está para nada mal.   

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Quizás lo más sorprendente de la experiencia haya sido que nosotros creíamos que íbamos a enseñar y terminamos aprendiendo miles de cosas sobre la bicicleta que aún en nuestra noche más soberbia de creernos los ciclistas consumados ni siquiera llegábamos a la sombra de saber. Es que nadie sabe lo que sabe hasta que lo transmite a otros y por eso el erudito es un solitario. Sabe que sabe pero solo él lo sabe. Ahora, sin dudas, pocas cosas son tan emocionantes como acompañar a quien hasta hace poco era un perfecto desconocido en lograr algo tan pospuesto y verlo sonreír como si tuviera seis o siete años al iniciar sus primeras e imborrables pedaleadas. Esto ha sido nuestro orgullo, nuestro privilegio y por qué no decirlo, nuestro combustible que a diferencia del petróleo, esperamos sea inagotable.

 

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